fAnTasíA

Como aprendimos toda una generación con la película La Historia Interminable, Fantasía es un mundo que si no se alimenta, si no se nutre y llena, se vacía, muere y desaparece. Lo mismo ocurre con las fantasías sexuales. Un terreno olvidado y reprimido que hay que liberar en beneficio de nuestra salud.

Hace unos meses, coincidiendo un fin de semana sin niños y menstruando, decidí encerrarme en casa con vino y guarradas comestibles y tragarme alguna serie de esas adictivas que no tengo tiempo ni ganas de permitirme en mi cotidianidad. Como mi género favorito es el fantástico, opté por Juego de Tronos.
Me tragué la primera temporada de principio a fin.
Debo confesar que el asesinato del chulazo Khal Drogo me ayudó a volver a mi vida normal. Me fastidió un montón: Había encontrado un sujeto ideal para mis fantasías del rollo hombre rudo dominante- mujer delicada dominada. Sin él, la serie ya no tenía sentido…
“¿Y qué hace una feminista como tú fantaseando con un machirulo como Khal Drogo?”
Ese es el kid de este artículo. ¿Con qué debemos fantasear y con qué no? ¿Hasta dónde debe llegar una fantasía? ¿Somos lo que soñamos?

UNA MONJA EN EL TREN
Mucho tiempo atrás, cuando los trenes de cercanías tenían esos asientos blanditos y las ventanas se podían abrir, viajaba yo absorta en mis cosas, fantaseando alguna escena erótica que luego quedó desbancada y relegada al más absoluto de los olvidos. Porque el tren paró, algunos viajeros bajaron y otros subieron. Y delante de mí se sentó una monja.
No era guapa. Ni fea. No era joven. Era una monja. No suelo fijarme en ellas. No sé si será el uniforme o qué pero cuando veo una monja sólo veo… una monja. Menos ese día.
Ella bastante mayor y yo bastante joven. La miré de soslayo y me imaginé sonriéndole. Me imaginé seduciéndola con la mirada, besándole los pocos trozos de piel que estaban expuestos. Me imaginé desvistiéndola, acariciándola y haciéndole el amor como una loba en el vagón lleno de gente.

TODO VALE
En la vida real nunca intentaría tirarme a una monja vieja sólo por morbo y tampoco quedarme prendada de un “machoman” monosílabo cuyo concepto del sexo empieza con un gruñido, sigue con una penetración a lo oso y termina con su corrida. Si intento trasladar esas fantasías al mundo real, me parecen absurdas. Un polvo con un ser tan simple me pondría de mala leche y no digamos lo irritable que me volvería si intentara mantener una relación estable sin conversaciones interesantes…
Pero lo cierto es que ha pasado casi un año y guerrero gruñón sigue visitando de vez en cuando mis fantasías. Y la monja. Y alguna buena amiga, ese ex al que no veo desde hace años, el novio de la hija de la vecina, el equipo de rugby (masculino y femenino),… Y en estos encuentros, en ese otro mundo sin censuras, algunas personas me violan, solas o en grupo, yo violo a otras tantas, vivo escenas del romanticismo más cariogénico (tan dulzón que provoca caries): algunas fantasías son historias completas, otras meras sensaciones, momentos fugaces, escenas repetitivas. Algunas son más o menos realistas, en otras hay fuego o hielo, dragones, vuelos espaciales, insectos gigantes, demonios lascivos,… la lista es infinita porque infinito es el mundo de la fantasía. El único lugar del mundo en el que no hay ningún límite ni censura.

ALTOS VUELOS
Y es que así debe ser. Tener fantasías sin límites es sano (aunque no tener fantasías extravagantes no es sinónimo de patología o represión). Lo que no es muy recomendable es censurárnoslas. Ese otro mundo que es sólo nuestro es precisamente un lugar libre, en el que debemos poder volar tan alto como queramos sin miedo a hacerle daño a nadie. Y, seguramente ese volar en libertad y sin remordimientos sea un ingrediente muy importante para que al aterrizar en el mundo real podamos vivir éste de manera cómoda y sana. Sin confusiones mentales sobre lo que está bien y lo que está mal.
Yo, feminista de pe a pa, puedo dejarme follar cuantas veces desee per el fortachón malhumorado de la serie sin  miedo a perder puntos en mi carné de feminista. Porque una fantasía sana sabe dónde empieza y dónde acaba. Y yo, que fluyo por mi mundo de fantasía con total libertad, puedo ver que sería incapaz de disfrutar un sexo así y que, aunque me esforzara mucho, a un rudo hombre sin palabras y 100% falocéntrico no lo aguanto ni un ratito.

FANTASÍAS DE VIOLACIONES
Con las violaciones pasa mucho. Es una de las fantasías más recurrentes. Tanto entre hombres como entre mujeres. ¿Cómo puede alguien como yo que escribe tanto contra la violencia sexista defender las fantasías sobre violaciones? Pues muy sencillo: porque son fantasías y, aunque escritas y descritas, desde fuera puedan parecer descabelladas y reproductoras de un modelo que luego se denuncia, en realidad no lo son. Porque la más exagerada de las violaciones en una fantasía será siempre controlada totalmente por la persona que tiene dicha fantasía. Es decir: si yo sueño que un grupo de desconocidos me viola en una fiesta, yo estoy decidiendo quienes son, cómo son, cuantos, cómo sucede todo, hasta dónde llegamos. Yo estoy decidiendo sobre todos y cada uno de los ingredientes de esa escena.
Si eso me pasara de verdad, yo no estaría decidiendo nada y, por lo tanto ya no me daría placer sino que sería una tortura con secuelas para toda la vida.

UNA PRÁCTICA RECOMENDADA
Las fantasías, según recuerda la sexóloga Georgina Burgos en su libro Mente y deseo en la mujer, ayudan a estimular la creatividad, a sentirse libre, a sentir más placer, combaten la rutina sexual, liberan tensiones de todo tipo, mejoran la calidad de vida, provocan sentimientos y sensaciones, evocan recuerdos, aumentan la capacidad de excitación sexual y enriquecen la vida erótica y sexual. Y, como todo lo que intentemos recordar a largo plazo, también la capacidad de tener fantasías sexuales aumenta cuanto más practiquemos. Si no solemos fantasear, al principio nos costará un poco. El libro de Georgina Burgos ofrece un montón de pautas muy útiles para entrenarse. Está dirigido a mujeres pero es perfectamente aplicable a todos los sexos.
Agripino Matesanz Nogales, sexólogo autor de los libros El deseo sexual en el hombre, El placer sexual, La eyaculación precoz, Mitos sexuales de la masculinidad afirma en el prólogo del libro de G. Burgos que “las fantasías sexuales son las grandes desconocidas, a pesar de que son un elemento importante de la vida sexual. Se confunden a veces con el deseo sexual. No es lo mismo. Hay fantasías sexuales que no se desearían vivir en la realidad. Los deseos luchan en nuestro interior por llegar a realizarse; pueden hacernos infelices, hacernos sufrir, las fantasías no. Los deseos pueden arruinarnos o llevarnos a prisión, las fantasías no. Las más extrañas e irrealizables nos dejan siempre con un apacible regocijo interior. Sólo producen satisfacción, bienestar y esperanza. Los deseos, así como las palabras, pueden molestar a los demás, las fantasías no. Éstas son nuestras cómplices inofensivas. Son como leña invisible que mantiene vivo el fuego del erotismo.”
Hay incluso quien afirma que podría ser que algunas de las actitudes sexualmente más difíciles de aceptar socialmente se darían mucho menos si no reprimiéramos nuestra fantasía. Porque la censura va de la mano de la culpa y la culpa no es buena compañera de la cordura.
Así pues, dejemos volar nuestra imaginación hasta confines infinitos. Seamos verdaderamente libres en nuestra fantasía y enriquezcamos nuestra sexualidad. Porque también es verdad que en ese dejarse llevar y explorar todos los rincones de nuestra imaginación sin tabús nos puede acercar a ideas y experiencias que sí identificamos como realizables. Porque hemos empezado este artículo por un extremo pero el mundo de las fantasías eróticas es tan infinito que en él cabe todo: de lo más extremo a lo más cercano o sencillo o minimalista. Lo importante es cultivar la imaginación.