“-Tía, siempre que tienes la regla lo vas prodigando a los cuatro vientos. Eres un poco exagerada ¿no? Que no te pasa nada extraordinario. Que tener la regla es normal. Lo hacemos todas.”
Tener la regla no es normal. Lo que es normal, es decir, aceptado dentro de las normas de conducta de la sociedad, es esconder que la tienes. Vivimos nuestros sangrados menstruales en el anonimato, escondiéndolos con pudor y vergüenza como si se tratara de algo malo. Empastilladas hasta las cejas para no notar nada y, sobretodo que no se note nada. Que podamos ser siempre esos sujetos productivos y radiantes que se espera de nosotras. Que podamos encajar en un calendario diseñado por un hombre que no menstrúa a escala de los hombres que no menstrúan. Pero el calendario de las personas que menstruamos es cíclico. Nuestros días de descanso profundo se suceden cada 24-35 días. Igual que nuestros días de máxima productividad.
Cuando menstruamos necesitamos ir hacia dentro de nuestras entrañas entre sueños y estados de globo endorfínico. No poder hacerlo DUELE. No duele la regla. Duele el patriarcado. Un mandato que nos amputa y reprime para que no podamos ser libres con nuestros sangrados mensuales, nuestros coños eyaculadores y nuestros humores cambiantes.
Nos hacemos una herida y nos chupamos la sangre. He visto a personas babear ante la posibilidad de petar una espinilla llena de pus en una espalda ajena. Pero cuando en los talleres invito a la gente a probar el sabor de su sangre menstrual me miran como si fuera Kali en la película de Indiana Jones. Cuando sugiero a personas que tienen anemia que se beban su sangre menstrual me acusan en silencio de caníbal. Si tienes anemia, tirar tu sangre por el retrete te debilita, coño. Es estúpido. Y es que ante tanta represión el sentido común es realmente el menos común de los sentidos.
Hace ya años que deposité el televisor en el lugar que mejor le correspondía: el contenedor de reciclaje. Pero a veces me encuentro en algún lugar con esta pantalla emitiendo mensajes adoctrinadores y cada poco rato veo sangre. Roja. A veces a borbotones. Saliendo por zonas de cuerpos humanos atravesadas por espadas, balas, ballestas. Degolladas, mutiladas. Sangre seca al lado de cadáveres de africanos, palestinos, mujeres asesinadas en manos de sus parejas. Personas corriendo aterrorizadas con la sangre brotando de sus caras por la explosión de una bomba puesta por otras personas,… Sangre de muerte y dolor. Sangre roja. Sangre sin censura.
Y mi sangre, que es sangre de vida, sangre que nutre, sangre hermosa, nunca se ve en la tele a menos que sea disfrazada pudorosamente de un cristalino líquido azulado vertido desde una jarra impoluta. ¿Pero quién coño creen que menstrua? ¿Un pitufo, un avatar?
La sangre que sale por mi coño una vez al mes, a menos que me quede embarazada y sirva de alimento y sostén para una nueva vida, es de color rojo. Burdeos, carmín, violáceo, marronoso,… pero RO-JO.
Y esa sangre roja, de vida, esa es la única sangre que hay que esconder. Sobre todo que no manche pantalones. ¡Qué horror ir por la calle con el pantalón manchado de sangre menstrual!
Hoy el padre de una niña de la escuela llevaba el pantalón de trabajo con manchas de sangre de una herida con motosierra. Una vieja herida. Un héroe con su medalla. Y yo hoy tengo que esconder mis manchas de sangre menstrual porque si se me ven ¿qué soy? Una heroína capaz de crear una vida dentro de mi cuerpo no.
Yo también tengo mi traje de heroína. La ropa que me pongo siempre cuando menstruo. Y está manchada. De sangre. De vida. Yo también soy una heroína y reivindico mi lugar. No quiero esconderlo.
Que todo el mundo sepa cuándo menstruo es para mí, por un lado, una reivindicación a mi derecho a no estar productiva, ni estupenda de la muerte, ni habladora, ni locuaz, ni risueña, ni dulce, ni cuidadora, ni guapa, ni atenta,… mi derecho a que hoy me la sude todo lo que pase fuera de mí. Un día para mí. Un día al mes. Dos ¿Es pedir tanto?
No quiero recurrir a la enfermedad para poder permitirme un día en la cama. Porque eso es lo que hacemos sin darnos cuenta. Eso hace nuestro cuerpo cuando no le hacemos caso. O me das un día o me das un día. Y si ni con esas, bueno, ya lo verás.
Por otro lado, menstruar libremente y sin esconderlo es una lucha política. Es acción directa. Si las personas que menstruamos empezamos a dejar de avergonzarnos de nuestra sangre de vida, le estamos dando dos hostias a este patriarcado que nos desprecia y nos quiere sumisas y domesticadas. Si nos tomamos nuestro día de descanso estamos luchando para que un día se reconozca legalmente ese derecho. Y si no, nos lo tomamos. Los grandes cambios sociales y laborales no se han conseguido gracias al pudor, el recato y la timidez. Romper la norma, lo “normal”, no se puede hacer desde la zona de confort.